El Pallars es una inmensa orquesta de paz y naturaleza. Su cielo azul, lleno de rebaños de nubes blancas, parece que no se canse de escuchar las melodías de los ríos que laten y saltan, de las mil y una aves que, como una sección de cuerda, no dejan nunca de afinar el su canto.

Los colores, los ríos, los lagos, los prados y el viento componen una solemne mezcla de percusión y sonido. Sus atardeceres de verano y sus cabellos blancos de nieve en invierno dan una paz que sólo la puede hacer sentir el alma de un adagio.

Rialp, como ya dijo el poeta, es una pequeña caja de música donde parece querer arremansar al mejor de las melodías del Pallars. Pero Rialp y su Festival de Música son también un milagro que se produce año tras año, gracias al trabajo constante, ignorado e intenso, de unas mujeres y unos hombres que para ama su país, han sabido poner la mejor de las partituras.

Todos los que somos testigos de ese afán anual y diario, tenemos una deuda de agradecimiento con este Festival. Duete que difícilmente podremos pagar, dado que nos lo hacen más grande cada año. Gracias por este inmenso regalo, porque pudo sentir la buena música de Rialp es acercarse al Cielo.

F. Sapena Grau